Islas o gatos

 

Islas o gatos

Jorge Terrones

En el principio no fue el verbo, sino los padres, que son mitos. Sabemos de nuestro origen biológico, pero no siempre de su filosofía, aunque obviando los matices, podemos sospechar que hay dos postulados: uno amargo, otro feliz. Aristóteles decía que las tragedias comienzan con un descuido o una equivocación, pero las tragedias no sólo inician por ignorancia, sino también por amor o felicidad. El amor y la felicidad nos vuelven irracionales, y por lo mismo, hombres acéfalos y de volcánico corazón. Parece gracioso, pero no creo que lo sea. Recuerdo a Auden: “todos jugamos un papel cómico en la vida/ aunque la vida no sea cómica ni tampoco un juego”. En cualquier caso, y sin saberlo, nuestra entrada al mundo, que es hermoso y temible, renueva la fuerza de las mitologías de nuestra tradición, porque nuestros padres son hombres y dioses al mismo tiempo. Concentran el cariño, el cuidado y el calor, pero también el regaño, el reproche y las reglas. Padre, madre: dos hogares que son dos gobiernos o dos gobiernos que son dos hogares. Tomemos como ejemplo cualquier juego que practicábamos en casa: uno piensa que jugó y que se divirtió, pero en realidad es que se nos permitió jugar y se nos permitió divertirnos. Dudo que en algún otro tiempo los padres hayan tenido un trato distinto, de modo que nuestros padres han sido todos los padres. De acuerdo a su profesión, sin embargo, estos seres mitológicos tienden a ser presencias ausentes o ausencias presentes.

Mis padres son médicos. Otra forma de decirlo: presencias ausentes; fantasmas. Por su trabajo, los padres médicos se sienten, pero casi nunca se ven. Mi padre es cardiólogo. Mi madre, ginecóloga. El corazón, el nacimiento de la vida: dos de los misterios más profundos de la humanidad, pero para mí no había mayor misterio que ellos. Misterio de misterios. Por lo mismo, antes de razonarla, viví una palabra: sin haberme instruido en su significado, sin haberme mostrado sus letras, me enseñaron la estética de la soledad: su belleza, su relieve y su hondura. La belleza de pensar y de imaginar para uno mismo; las formas inquietantes y funestas que puede tomar; la profundidad, que si no se controla, es una oportunidad para lanzarse al abismo. Disfruto la soledad, pero de niño me costó distinguir entre luz e incendio. La soledad, antes de manifestarse como concepto, palabra aguda, llama y quema. Visto a distancia, por eso explico que me guste el aislamiento. Sí, ser una isla. Descreo del famoso verso de John Donne: “ningún hombre es una isla”. Por mi educación, yo creo que todos lo somos, y si uno es una porción de tierra, un principio básico para conocerse, es viajar hacia uno mismo: caminándose, paseándose. A solas y en silencio.

En casa había dos objetos que eran mis tesoros: un piano y un atlas. En el piano había partituras; en el atlas, imágenes. Música sin música. Viajes sin viajes. Cuando mis padres no estaban, podía vivir una moderada y prudente anarquía, y a ratos tocaba las teclas que producen los sonidos graves del piano, pero jamás pude armonizarlos, así que preferí ver las notas. A ratos, también trataba de memorizar en qué lugar del libro se encontraban los ríos, los mares, las islas. Mediado por el silencio y la soledad, sin tocar música y sin haber viajado, imaginaba la música e imaginaba los viajes. En los gustos que he cultivado y que dan sentido y vocación a mi vida, mi actitud ha seguido esos principios, casi felinos.

¿Y si escribir es ser un gato?

¿Y si pasear es ser un gato?

Sospecho que los gatos juzgan como prescindibles a los humanos, pero los necesitan: hipócritas y convenencieros. Yo no soporto las multitudes, no tolero el ruido de los demás, pero pasear por una ciudad exige tener una relación hipócrita y conveniente con los otros.

Pasear es ser un gato.

Me gusta la definición de paseante del diccionario de la Academia: “que pasea o se pasea”. La isla que es uno mismo, se pasea. El primer paso para pasear es encaminarse rumbo a una reflexión: caminar y pasear no son lo mismo. Claro, caminar puede ser un acto mecánico en donde el cuerpo es un vehículo, pero me disgusta pensarlo así. Caminar, no sólo es dar un paso tras otro, tampoco es tener las piernas a la disposición de la voluntad, sino saber estar solo, andando. Pasear: el placer de caminar. Y los placeres, como sabemos, son una ceremonia.

En la literatura, el paseo ha sido escrito con magnífica prosa y mejor ingenio por William Hazlitt y Henry David Thoreau, quienes encontraban sabiduría en el contacto de uno mismo con la naturaleza. Curiosamente, ambos sugieren echarse a andar con una condición: no estar acompañado o procurar no estarlo. A juzgar por sus textos, también parecerían sugerir que los paseos sólo pueden crearse en un ambiente campesino. Suscribo lo primero, disiento de lo segundo. En la naturaleza me siento torpe e inseguro. La ciudad no minimiza significativamente estos malestares, pero siempre puedo decir adiós e irme a casa. Me he preguntado qué pensarían ellos de quien pasea en este México contemporáneo, tan ruidoso, denso y multitudinario. Sospecho que si vieran cualquier zócalo o feria de pueblo o plaza principal del país, harían cualquier cosa, pero no pasear. ¿Cómo pretender estar solo en medio de una masa errante, municipal y espesa?

He dicho zócalo, feria y plaza porque el pueblo de México es, ante todo y después de todo, folclor. Son dos los sonidos de México, de acuerdo a Carlos Fuentes: las palmadas en la espalda, cuando los hombres se abrazan, y el torteo en los puestos de comida. Pablo Neruda decía que México está en sus mercados. Románticos o no, para disfrutar esos sonidos es necesario tener, sin el menor género de duda, en buena estima al folclor. No tengo ese aprecio, ni quisiera tenerlo, porque me gusta el silencio, pasar inadvertido y pasear. Isla o gato, da lo mismo. Sin embargo, pasear por el centro de la ciudad de Aguascalientes, al parecer es una contradicción, en tanto que los compadres y las gorditas y los mercados y demás sonidos de las plazas públicas, contribuyen a generar la antítesis del silencio y la soledad. En una sola palabra: estridencia.

Pienso en el sonido de México, y pienso en un sonido displicente y confuso. No creo que sea una coincidencia que la primera vanguardia literaria en México se haya nombrado Estridentismo. Tal vez la frase más famosa de los manifiestos estridentistas sea ¡Viva el mole de Guajolote!, y es famosa porque el folclor mexicano está ahí: la oración exclamativa, que normalmente escuchamos en los mercados, en las plazas; el mole: espeso y surrealista, como las multitudes; el guajolote: en náhuatl significa gallo grande, que al menos a mí me conecta con los palenques y las ferias. Quien se sabe listo para pasearse, tiene en México un conflicto: ¿cómo salir bien librado? Con la extensión de nuestro egoísmo, que es otra característica felina: el instrumento que aísla el ruido exterior, y que en soledad permite estar en contacto con el universo, dada la posibilidad de abstracción que permite la música: los audífonos. Corrijo: unos buenos audífonos. Ni siquiera nuestro teléfono nos recluye tanto.

Los buenos audífonos aíslan el ruido exterior, pero también a uno mismo, y crean un ambiente teatral en donde la ciudad y yo actuamos: yo me siento invisible e inadvertido; y siento que la ciudad es una pintura: hecha para verse, para pasearse, pero no para escucharse, dado que tiene una voz que me resulta insoportable. Las multitudes apagan su estridencia y se convierten en paisaje intenso, espeso y denso, sí, pero no estridente. Pasear por el México del folclor, que acaso sea una redundancia, es una forma de hacerme de las armas y astucias que aprendí del pasado mitológico, y así tratar de contradecir al incesante flujo del universo, paseando, porque otro elemento que no he mencionado, y que es toral para que el paseo se consagre, es privilegiar el tiempo de uno y no el tiempo de los filisteos del paseo, quienes demandan comprender al tiempo como un aliado de la prontitud y la diligencia. Si compartiéramos el paseo, daríamos por hecho que la curiosidad del uno es la curiosidad del otro, que el tiempo del uno es el tiempo del otro, y más extraño aún, que los mitos de uno son los mitos del otro.

Los padres son todos los padres, pero las casas no son todas las casas. Michel Onfray ha escrito que los caminos inician cuando cerramos la puerta de nuestra casa con llave. No: inician llevando la casa, que está siempre abierta. De modo que cuando paseo, no voy del todo solo: cobrando otras formas, me acompañan el piano y el atlas, y así me permito escuchar los sonidos de la infancia, y viajar hacia ella. A solas y en silencio.

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