El fracaso artístico:
Sobre La conquista del monte de Venus de Joserra Ortiz
Jorge Terrones
I El arte en común
En 1974, Miguel Donoso Pareja coordinó en San Luis Potosí y en Aguascalientes el primer taller literario del Consejo Regional del INBAL. Vinculado a la literatura, ambos estados tienen ese origen institucional en común, pero no es la única raíz compartida. No creo exagerar si digo que San Luis Potosí y Aguascalientes tienen profundas coincidencias. Los iniciadores de nuestras literaturas, ya temprano, ya tarde, entre otros son López Velarde, Gallardo Dávalos, Othón, Dauajare, Macías Silva, Sandoval. De momento no me interesa si son poetas mayores o poetas menores, lo que quiero decir es que en nuestros estados primero fue el arco y la lira. Han pasado los años, pero no ha pasado el tiempo. A pesar de que en Aguascalientes se ha diversificado tanto el panorama, creo que lo mejor que se produce ahora sigue siendo la poesía. El caso de San Luis es distinto. A juzgar por sendos artículos de David Ortiz Celestino y Alfredo Padilla, publicados en el transcurso de 2016 y 2017, parece que en San Luis han pasado los años y ha pasado la poesía.
El texto de Ortiz Celestino, que es una breve antología seleccionada por él mismo, fue publicado en la edición mayo-junio de 2016 de la revista Punto de Partida de la UNAM. Su título: “Ocho narradores de San Luis Potosí (1980-1984)”. En su selección, leemos los siguientes nombres: Jesús Navarrete Lezama, Violeta García Costilla, Ernesto Sánchez Pineda, Roberto Colis, Ronnie Medellín, Gerardo Cruz-Grunerth, Alfredo Padilla y Joserra Ortiz. En el texto de presentación, Ortiz Celestino hace un rápido repaso por la tradición literaria de su estado, y al final justifica el protagonismo de la narrativa sobre otros géneros: “Pese a que al interior de San Luis Potosí ha existido un mayor número de actividades relacionadas con la poesía […], es en la narrativa donde, sin duda, está el músculo de su literatura”. Alfredo Padilla, quien se encuentra en esa lista, el 2 de junio de 2017 publicó el texto “Avanzada potosina is coming to nation” en el sitio web Clarimonda. La selección de Padilla agrega más nombres, como Luis Carlos Fuentes y David López, pero el tema es el mismo: en San Luis Potosí, los libros de los narradores “se abren paso en un círculo emperifollado y displicente que rompe con el San Luis Potosí que montaron alguna vez los trovadores y poetas de oficio.” En cualquier caso, los autores apuestan por un género y varios nombres. Uno de ellos: Joserra Ortiz.
II La conquista del monte de Venus: el fracaso artístico
Hace mucho que no leía una novela tan sencilla y tan compleja a un mismo tiempo. Sencilla porque la historia es disfrutable sin ningún tipo de conocimiento previo, además de que es rápidamente consumida. En mi caso, para leer los treinta capítulos y un epílogo que la conforman, me tomé alrededor de dos horas, como el tiempo que dura regularmente una película. Menciono esto porque no creo que sea una casualidad: el cine es el principal interlocutor de la novela, y ahí es donde encuentro la complejidad de la misma. Para comprenderla y estudiarla a cabalidad, el lector necesita cierto grado de erudición cinematográfica y literaria. Doy algunos ejemplos: conocer la filmografía de Fritz Lang y de Cecil DeMille, la historia del cine B y de la pornografía, la relación casi borgiana entre datos verificables y datos apócrifos, los recursos narrativos del cine y su empleo en la novela, la obra Muerte por Agua de Julieta Campos y la película Beyond the Valley of Dolls de Russ Meyer. Quien gusta de la intertextualidad, del diálogo entre obras, tiene en La conquista del monte de Venus una mina de oro. En consecuencia, esta obra tiene varios niveles de lectura, pero yo sugiero comprenderla como la historia de dos relaciones, la de Peter Schaz con Fritz Lang, y la del narrador con Peter Schaz, que desemboca en un gran tema: el fracaso artístico.
Antes de describir las relaciones, conviene saber quiénes son nuestros personajes. Fritz Lang es un genio que es responsable de haber dirigido una de las primeras obras maestras del cine: Metrópolis (1927); Peter Schragl, como se le conoció en Europa, o Peter Schaz, como se le conoció en Estados Unidos, es un pornógrafo que alguna vez quiso ser un gran director de cine, pero no produjo nada artísticamente valioso en su vida; del narrador tenemos pocos datos: igualmente se dedica a la pornografía, pero él es fotógrafo. Lo que sabemos es que el narrador está obsesionado con Schaz, y Schaz está obsesionado con Lang. Veamos las relaciones.
En orden cronológico, la novela comienza a la mitad, cuando a los 17 años de edad, Peter Schaz ve Metrópolis en la Austria de 1927. A partir de ese momento inicia su impostada vocación por el cine y su fanatismo por Fritz Lang. Determinado a que el cine debe de ser su vida, Schaz se muda a Viena y busca la forma de hacerse de la cultura cinematográfica que le permita convertirse en director. A lo más que llega es a publicitar películas pornográficas americanas en la peluquería de Alexander Schödsack, sin embargo, éste lo introduce con Lang, ya que fue su cliente en algún tiempo. Lang necesitaba una segunda cámara y Schaz acepta serlo. Comienzan a trabajar juntos. Ahí descubrimos que Schaz despierta a la homosexualidad, y no le basta con tratar de ser Lang: quiere estar en Lang. Pero Lang tiene a su pareja, Thea, cosa lamentable para Schaz. Tiempo después, irrumpe el nacionalsocialismo, y Thea, fanática de esta pseudo ideología, pide a Lang que haga un documental donde glorifique la política alemana del momento. Aterrado, acude a Schaz para pedirle que mate a Thea, y le ofrece una recompensa que no puede rechazar: estar juntos, por fin estar juntos. Schaz acepta. Fracasa. Lang enfurece y huye del nazismo y huye de Schaz. Para siempre. Esta última narración nos conecta con la otra dupla: Schaz y el narrador.
Peter Schaz, pornógrafo, y el narrador, fotógrafo pornográfico, supuestamente se conocen en Estados Unidos. El narrador presumiblemente cuenta los recuerdos que tiene de Schaz, porque éste jamás tuvo oportunidad de escribir sus memorias. El narrador hipotéticamente fue amigo durante muchos años de Schaz y presuntamente vivió hechos memorables con Schaz. El énfasis en los adverbios no es arbitrario. Uno no termina de comprender si lo que está leyendo es narrado, perdón por la redundancia, por el narrador, de quien no sabemos el nombre, o por el propio Schaz. Varios capítulos confirman mi sospecha: el IX y el último, el epílogo.
Cito la integridad del capítulo IX, el más interesante de todos: “De entre todas, he escuchado dos teorías muy tontas. La primera dice que yo inventé a Peter Schaz. La segunda, que yo soy Peter Schaz. Aunque ambas mienten, ojalá pudiera negar alguna de las dos.” El narrador dice que Schaz y él compartían “casi todo el día juntos.” (p. 37) Como ya mencioné, en teoría vivieron capítulos notables de la vida de Schaz. Esto nos podría dar la idea de estar leyendo una relación íntima, amistosa y memorable. Sin embargo, en el epílogo hay un cambio en la voz narrativa, el único en toda la novela: Schaz, quien ahora es el narrador, hace un recuento de su vida, del cine, de Viena, de California, y los únicos nombres que aparecen son los de Fritz Lang y Thea. Es decir, en este capítulo, el anterior narrador desaparece y no figura dentro de los intereses más profundos o fundamentales de Schaz.
Regreso al capítulo IX: el narrador advierte que ambas teorías son tontas, pero que no puede desmentirlas. Esto se complica aún más cuando reparamos en ciertos rasgos del narrador. En el capítulo XVII, el narrador comenta un artículo publicado en el New Yorker, donde Michael Pérez, su autor, afirma “no sin razón, que Peter era un mentiroso compulsivo…” Repito las palabras del narrador, que son un juicio sobre el comentario de Pérez: “no sin razón”. Páginas después, intuimos que el testimonio del narrador es poco confiable. Por ejemplo, cuando trata de recordar sus primeros acercamientos con Lang, el narrador comparte su mala memoria:
«No recuerdo exactamente el año, pero todavía era la época en que el salto del blanco y negro al color no estaba dado del todo […] No recuerdo tampoco cómo inició nuestra plática, ni siquiera quién fue el que recomendó protegernos en una cafetería hasta que parara de llover. […] Aun así, fragmentos de ésa y de todas las primeras citas […] suelen llegarme de pronto, intempestivamente. Son pequeñas luciérnagas que tiritan en la oscuridad de mi desmemoria.» (p. 22).
A lo largo de la novela, es evidente que para el narrador, Schaz es su obsesión: está muy cerca de él, incluso en ocasiones sabe lo que sueña, pero Pérez lo acusa de mentiroso, Schaz no le da ningún sitio en su epílogo y el propio narrador tiene mala memoria y no puede desmentir si él es Schaz o él inventó a Schaz.
¿Qué pasa si Schaz y el narrador son uno mismo? Si Schaz y el narrador son la misma persona, entonces estamos ante la novela de un desdoblamiento esquizoide, de una narración de uno mismo en tercera persona, tratando de que un personaje, Schaz, sea el depósito de los fracasos del narrador, quien jamás llegó a poseer el genio de Lang. Si Schaz y el narrador son distintos, nos damos cuenta de que el narrador, en la vida de Schaz, es absolutamente prescindible, justo como Fritz Lang consideraba a Schaz. Por amor a la precisión, cito el perfil que, de acuerdo al narrador, observaba Fritz Lang en Schaz: “Una máquina obediente de sus órdenes que carecía de cualquier originalidad, idea propia o libre albedrío.” (p. 74) Agrega que si aceptó trabajar con él, fue porque necesitaba un “ojo mecánico e irreflexivo”. (p. 78). Lang considera a Schaz como un mediocre sin talento. En el epílogo, Schaz no tiene ni un solo recuerdo del narrador, por lo que podemos suponer que fue una amistad que no produjo ni frío ni calor. O peor aún: nunca existió.
Lang era un genio. Schaz, un torpe cineasta. El narrador, si es Schaz, es un mediocre; si no es Schaz, es un tipo ninguneado por el mundo. En cualquier caso, es la historia de un fracasado o de un fracaso artístico. Podrán objetarme que en el capítulo XVI se trata de reivindicar el trabajo de Schaz con una mesa de diálogo que tuvo lugar en la Universidad de Harvard, donde varios conocedores del cine B discuten la aportación de Schaz a la industria. Pero ahí cobra realce, no su aportación artística o estética al cine, sino su aportación meramente anecdótica. John Waters refiere que Schaz “fue el primero en filmar lo que los estudios no querían filmar.”. Otra panelista, Dorish Wishman, asegura haber visto La conquista del monte de Venus, la disparatada película pornográfica que Schaz filmó en repetidas ocasiones, cuyas copias están perdidas y que sólo algunos datos confirman su existencia. Es decir, Schaz dedicó su vida a una película, que tuvo su importancia anecdótica o histórica, mas no estética. Si el arte, cualquier arte, sobrevive exclusivamente por cuestiones extra artísticas, es muy probable que no sea tan buen arte. El valor que tiene Schaz, dentro del universo de la novela, es prescindible, desechable, como lo que le significó a Lang el trabajo de Schaz, y como le significó a Schaz la supuesta amistad con el narrador.
El fracaso artístico es un tema fascinante. No hablo del efecto de haber publicado una obra deshabitada por la gracia, ni del fracaso entendido como no haber alcanzado la gloria o como el rechazo unánime que el mundo hace injustamente sobre un libro. Hablo menos de la obra que del temperamento del artista. Ese fracaso, me parece, es el más patético de todos, en tanto que ese sujeto cree que tiene la enfermedad del arte, pero apenas y si alcanza a tener unos cuantos síntomas.
Recuerdo a Greimas y su hermosa teoría para diferenciar entre lo que alguien es y lo que alguien parece. En ella, podemos comprender cuatro relaciones: si alguien es y parece: es una verdad; si alguien no es, pero sí parece: es un mentiroso; si alguien es y no parece: es un secreto; si alguien no es y tampoco parece: es una falsedad. Los personajes de los que he tratado de dar cuenta son unos mentirosos o unas falsedades: no son y no parecen; o no son y sí parecen. El rasgo que los une, como vemos, es que no son. Los fracasos de esta clase de artistas están explicados en esa relación. Claro, esto me lleva a un terreno polémico donde hay sembradas ciertas dudas: por ejemplo, ¿quién dice que un artista es un mal artista?, ¿quién juzga a un artista como un artista menor o prescindible? Explicarlo no es una tarea sencilla, pero creo que podemos estar de acuerdo en una abrumadora obviedad: el arte, el buen arte, es un arcano trabajo intelectual, en donde el artista está dialogando o iniciando el diálogo cultural con los tres rostros del tiempo: dialoga con los muertos, con sus contemporáneos, e inicia el diálogo con los fantasmas del futuro.
Los hay buenas personas, los hay malas personas, pero los artistas que más me seducen son de esa clase, quienes además tienen una enfermiza jerarquía de valores, donde el primer lugar de importancia es su arte, y en seguida todo lo demás. Para Lang, no había nada más importante que su arte; para Schaz, Lang fue su tormento y obsesión. Uno era y parecía; otro no era y parecía. Genio y no genio.
La novela de Joserra Ortiz es un prodigio de enredos literarios y cinematográficos. Ha logrado construir en muy pocas páginas una historia de primer orden, que me gustaría colocar al lado de otra novela mayor, El malogrado, de Thomas Bernhard, donde el autor, quien también es austriaco, cuenta la historia de un par de músicos, y un genio, Glenn Gould. La convivencia con el genio, sobre todo si se quiere ser como él, a juzgar por este par de novelas, conduce al patetismo, como en el caso de Ortiz, o a la locura, como en el caso de Bernhard. Quien convive con el genio, convive con la enfermedad del arte, y esta clase de enfermedad, no se contagia, sólo se padece.
Si la novela de Joserra Ortiz es un indicio de lo que podemos encontrar en la narrativa de San Luis Potosí, entonces estoy de acuerdo con Ortiz Celestino y Padilla, pero que la narrativa atraviese por un buen momento, acaso único en su tradición, no es augurio de nada. Recuerdo a Camilo José Cela: en literatura, quien resiste, gana. Ya veremos quiénes, de los enlistados por Ortiz Celestino y por Padilla, son los que resisten. Más exacto: ya leeremos.
III Apéndice
La novela de Ortiz se publicó en enero de 2017 y tendríamos que estarla criticando con mayor intensidad. Cuando digo crítica, quiero decir conversación y debate, y no juicio adulterado por las simpatías o animadversiones que pueda inspirar el autor; cuando digo intensidad, me refiero a que algo pasa, en general, con los libros que emergen de editoriales que no cuentan con el beneficio de la gran distribución, difusión y promoción de otras empresas. Si bien es cierto que este negocio o mercado consagra a los autores, más que a los libros, no es menos verdadero que ese salvaje mecanismo editorial puede beneficiar a las obras, en tanto que llegan a más gente, y así poder consagrar a la más bella y silenciosa forma del arte literario: la lectura.
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