El mar y la marsopa

 

I

No sé nadar, me pone de mal humor el clima caluroso y no soporto el ambiente festivo que impera en las playas mexicanas. Sin embargo, una de mis aspiraciones más elevadas es regresar al mar, saludarlo y sentarme a observar su cólera y a escuchar su sabiduría. El mar me representa algo que no sé definir muy bien, pero que se relaciona más con la espiritualidad que con la biología. “Nuestras vidas son los ríos/ que van a dar en la mar,/ que es el morir”, escribió Jorge Manrique, y eso se acerca a lo que pienso. ¿Cuántos muertos hablan en esas olas?, ¿cuántas personas creyeron haber encontrado en el mar a un amigo, antes de que les llenara de agua sus pulmones?, ¿cuántos se han echado al mar para reconciliarse con sus vidas?

Añoro su misterio y su magia.

Hace más de diez años, que fue la última vez que enjuagué mis manos en la parte líquida del mundo, me hice una promesa: no volver a tocarla hasta que haya hecho algo importante en mi vida. Ha pasado más de una década y no he encontrado un buen motivo para volver, de modo que tengo una relación de lejanía con el mar. Ojalá que lo vuelvas a hacer, me dijo hace tiempo un amigo. Ojalá, le respondí. Ignoro si he sido muy severo conmigo mismo o si los fracasos han poblado mi horizonte, pero el hecho es que, por ahora, al mar lo tengo asociado con mi imposibilidad de hacer algo trascendente. Con los años, se ha convertido en una idea, en una ficción, por lo que me he limitado a imaginarlo y leerlo.

El océano de la literatura y su comunión con el mar nos puede llevar a Homero y de regreso seguir pasando por autores y obras que forman parte de lo más granado de la humanidad: Veinte mil leguas de viaje submarino de Jules Verne; Moby Dick, de Herman Melville; Robinson Crusoe, de Daniel Defoe, por mencionar sólo a tres. Cuando uno el mar y la literatura, junto dos asuntos capitales en mi vida, y en consecuencia, los trato con solemnidad, por lo que casi no hago un hueco para la risa. La novela de Rodrigo Pámanes, Grasa de marsopa, sin embargo, me ha hecho reflexionar sobre el mar de otra manera, además de encontrar un motivo, no para pensar en el fracaso y en la muerte, sino para tener humor y tratar de sonreír.

 

II

Sé muy poco de literatura deportiva, pero pocas dudas habrá acerca de que hay ciertos deportes que son más literarios que otros: el boxeo, por ejemplo, es artísticamente mucho más atractivo que las carreras de automóviles. Los libros de Norman Mailer, Ricardo Garibay, Jack London, entre otros, son suficientes para afirmar que los golpes y la sangre se llevan bien con la literatura. El nado no creo que goce de tal prestigio. Deben de ser pocos los escritores que se hayan sumergido en la natación como tema literario. Byron era un buen nadador y escribió sobre este deporte, pero creo que con poca fortuna. En cambio, John Cheever escribió “El nadador”, que es una obra maestra del relato, cuyo protagonista, sin embargo, no se echa al mar, sino a la piscina. En mi modesto conocimiento literario acerca de este deporte, no encuentro una buena novela sobre un nadador, por lo que la novela de Pámanes es una grata aparición en nuestras letras.

El 28 de noviembre de 2016, Pámanes publicó en Skribalia, el relato “Grasa de marsopa”, que es el antecedente de la novela del mismo nombre, y cuya extensión es de apenas un sexto de aquella. Diría que hubo un proceso de enriquecimiento, no tanto del ambiente, sino del personaje principal, porque algo que sólo aparecía sugerido en el relato, y se profundiza en la novela, es el delirio que es manifiesto en la repetición de un acto, que comentaré líneas más adelante: la obsesión por que sus colegas lo reconozcan como un buen escritor.

 

III

Grasa de Marsopa, la novela, está dividida en 14 capítulos, aunque me gustaría sugerir una estructura con otra división: una primera sección va del capítulo 1 al capítulo 10; la segunda consiste sólo en el capítulo 11, el más largo; la tercera y última comprende del capítulo 12 al capítulo 14.

En la primera parte, durante 10 capítulos se nos presenta el conflicto de la novela y su detonante. Gerardo Argüelles, narrador y protagonista, es un escritor que ha publicado dos libros cuyos temas son acerca de “un escritor aburrido, aficionado a cocinar tartas y especialista en peces de acuario.” Lo que no se dice es que Argüelles es bastante autocrítico, ya que califica sus historias como “aburridas, tremendamente aburridas”, y a su trabajo artístico como mediocre. Apostaría que miles de escritores menores, en su momento, mientras vivían, fueron considerados por ellos mismos como escritores dignos de atención. Argüelles no es así. Se sabe un escritor menor e inseguro. Doy tres ejemplos:

1.- “No soy nadador profesional, soy un escritor, o algo parecido a un escritor.”

2.- “soy un escritor un tanto torpe y algo egocéntrico…”

3.- “soy un torpe escritor, un pésimo nadador…”

En el capítulo 2 nos enteramos de la razón por la que nada, a pesar de que nada le guste: “Llegué a las piscinas porque un psicólogo me lo recomendó, porque las manchas en la piel me lo mandaban, porque el beber desaforadamente me arrojaba a calmarme con líquidos más mansos y menos interesantes.” Nadar le supone al personaje una especie de terapia, no obstante de que reniegue demasiado de ella. Escuchemos dos ejemplos: “No me gusta la natación, odio nadar, odio el agua en mi piel por más de cinco minutos, odio que me observen cada que me pongo el short encima del traje de baño mojado para salir del vestidor, odio los silbatazos del entrenador…”; “no recuerdo mi novela ni a Webb ni lo mucho que odio nadar.” Con todo, la novela no está centrada en su relación con el agua, sino en su falta de ideas, pues se le secó la tinta y tiene una lucha contra la página en blanco. En el capítulo 3 nos enteramos de que han pasado 6 meses desde que se inició en la natación, pero su conflicto con la escritura se mantiene, por lo que se plantea escribir acerca de lo que ha practicado todos los días durante medio año: “[…] me di cuenta de que para recuperar mis letras debería de narrar algo relacionado con el agua, con los barcos, con la navegación.” En el capítulo 5, tras un proceso de investigación, decide novelar la hazaña de Matthew Webb, quien fue el primer hombre que cruzó a nado el Canal de la Mancha. El capítulo 7 es donde se siembra el conflicto: el narrador decide vivir, en carne propia, el proceso de Webb, por lo que se traza como objetivo cruzar el canal. Por el capítulo 8 es explicable el nombre que dio Pámanes al libro. El narrador dice: “los nadadores, desde el siglo XIX, cubren su cuerpo con grasa de ganso para soportar el frío… […] pero el gran Webb utilizó grasa de marsopa y por eso yo planeo hacer exactamente lo mismo.” El narrador está tan obsesionado con Webb, que cualquier cosa que haya hecho éste, la replica. Esto se refuerza en el siguiente capítulo, pues Argüelles hace los preparativos para que el 24 de agosto sea el día en que comience el cruce del Canal de la Mancha. Digo refuerza, porque el 24 de agosto fue el día en que Webb empezó a cruzarlo. Este capítulo es interesante en términos de la psicología del personaje, pero también para enterarnos sobre su situación económica, que es holgada y despreocupada, por lo que incluso se permite contratar a un entrenador profesional para que lo prepare, Luis Tule, quien es “un experto nadador de aguas abiertas, […] era uno de los mejores preparadores de atletas extremos del país…”.

La segunda parte, intitulada “Bitácora de un día líquido”, tiene dos columnas: en la parte izquierda aparece la hora, y en la derecha, la descripción. Aquí el protagonista relata, en orden cronológico, lo que pensaba y decía mientras cruzaba el Canal de la Mancha en un determinado minuto. El capítulo, a su vez, admite dos subdivisiones: “Bitácora del 24 de agosto” y “Bitácora del 25 de agosto”. La primera va de las 7 de la mañana a las 12 con 40 minutos de la mañana siguiente; la segunda, de la 1 de la mañana a las 5 con15 minutos de ese mismo día. Durante la “Bitácora del 24 de agosto”, leemos una descripción detallada de lo que iba pensando o diciendo mientras nadaba, pero esto sutilmente se modifica en la bitácora del día siguiente, puesto que el cansancio y el delirio se han apoderado del protagonista y esto es sugerido en la prosa: mientras que en el 24 de agosto leemos párrafos normalmente amplios y oraciones más o menos largas, en la del 25, justo antes de completar la hazaña, hay algunas entradas cuyos párrafos son de una sola palabra y de oraciones cortas.

En la tercera parte, el protagonista deja de estar tan inquieto y comienza a maquinar lo que puede hacer literariamente con su experiencia como nadador. El dato más interesante de esta sección, que sirve como final de la historia, aparece cuando el nadador y escritor nos confiesa su nombre: Gerardo Argüelles.

 

IV

Grasa de marsopa pertenece a la ficción, pero tiene un paso en la realidad, puesto que Mathew Webb fue el primer hombre en cruzar el Canal de la Mancha. Se le recuerda por haber sido el primero en algo, no el mejor, y creo que más que replicar la aventura de Webb, Argüelles quiere, no ser el mejor, porque está consciente de que su talento no le da para tanto, sino ser el primero en narrar esta aventura, y acaso con ello, ser aceptado como escritor por sus pares: “Digamos que pretendo ser considerado por mis similares como un buen escritor o por lo menos un escritor solvente.” Es un mal escritor obsesionado con el prestigio que le pueden dar, no los lectores, aspiración noble y lógica, sino otros escritores, y creo que esa es la razón por la que aparece su reafirmación delirante, constantemente:

1.- “pero nunca he entendido por qué un escritor, como yo, que solo nada para relajarse, tenga que mostrar los detalles más íntimos de su anatomía”

2.- “Odio la natación pero yo soy un escritor.”

3.- “Lo repito, soy un escritor, no soy un nadador profesional…”

4.- “Yo, escritor, puedo dejar de nadar, abordar el barco y escribir una novela sobre el día que cruce el Canal de La Mancha aún cuando nunca lo haya hecho.”

He contado otras 11 ocasiones en que dicha reafirmación es manifiesta. Líneas atrás insinué que el protagonista tiene desequilibrios psicológicos, amén de su alcoholismo, y lo anterior es prueba de ello, lo cual me lleva a sugerir una posible lectura de Grasa de marsopa.

He dicho que Argüelles es consciente de formar parte de una literatura muy menor. Podríamos especular que si lo sabe es porque conoce el lado opuesto, es decir, lo que es literatura en mayúscula. En otras palabras: ha leído lo suficiente como para discernir lo que vale la pena de lo que no. Pámanes escribió una novela sobre un escritor mediocre, enfadoso y aprendiz de natación de largo alcance, que lucha contra el mar y contra sí mismo para tratar de escribir algo más o menos decente. A mi entender, el resultado es que ha hecho una buena novela con un personaje que escribe mala literatura. La clave de la solvencia de su intención, consciente o inconscientemente, fue haber retomado al Quijote, al menos en una parte.

En un sentido, el Quijote es la historia de un lector obsesionado con los libros de caballerías, que intenta emular las aventuras de los personajes que lee. Alonso Quijano se convierte en Don Quijote para vivir en carne propia lo que había leído, y quiere repetidamente que los demás sepan que él es un héroe de caballerías. Al final de la novela de Cervantes, leemos que Don Quijote deja de llamarse así mismo como tal y pronuncia el nombre con el que quiere morir: Alonso Quijano el Bueno. Grasa de marsopa es quijotesca, no porque el narrador nos confiese su nombre igualmente al final, sino por tres motivos: en principio, el narrador está obsesionado con la buena literatura, y en el intento de escribir algo memorable, se mete en la piel de un nadador para vivir en carne propia la experiencia acuática de alguien a quien no conoció, pero sí leyó: Matthew Web; en segundo lugar, no olvidemos la cantidad de veces que Argüelles menciona que es escritor, porque desea ser aceptado como tal, así como el Quijote quiere ser aceptado como caballero; por último, no creo que sea un detalle irrelevante que el territorio donde inicia la novela de Cervantes sea La Mancha, y el espacio donde Argüelles nada sea el Canal de la Mancha.

 

V

Edgardo Rodríguez Juliá, en el ensayo “Literatura y natación”, describe el nado como un acto que se emparenta con la muerte: “Es algo así como una arrebato sin alcohol o drogas, una placidez enérgica en el que el cuerpo se ensancha junto con la consciencia […] Lograr esta euforia, […] es tan solitario como morir, arte con el cual el nado de distancia tiene un extraño parentesco. Nadar es una especie de muerte placentera y placentaria.” Estas palabras nos dan una idea de lo que piensa un escritor cuando nada y casi diría que rozan lo poético y lo solemne, por lo que de inmediato lo ligo con la sensación que el mar me despierta. La novela de Pámanes me ha mostrado un tono diferente al anterior: el humorístico, cosa que es cervantina por antonomasia.

En la primera estrofa del Cementerio marino, de Verlaine, leemos: “el mar, el mar, recomenzando siempre.” No sé si consiga regresar al mar y atestiguar cómo recomienza él y recomienzo yo. Si no lo hago, sirvan estas palabras para decir que la novela de Pámanes me hizo tener una diferente impresión, pues me ayudó a sonreír pensando en el mar, cosa que no hacía desde hace mucho tiempo. Grasa de marsopa es una novela humorística y de aventuras, que juega con dos de los temas más serios en mi vida, y no la sentí indigna de ellos. Todo lo contrario: de manera metafórica, me hizo regresar al mar.

grasa de marsopa

 

Grasa de marsopa. 2018. Rodrigo Pámanes. Editorial Eximia.

 

Nota al margen: Grasa de marsopa fue publicada por Eximia, que es una editorial hidrocálida, cuyo catálogo se puede consultar en el siguiente enlace: Editorial Eximia

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