
Las palabras y las palabras
Sobre Criba, de Francisco Martínez Farfán
Jorge Terrones
I
Cuando digo muere, nada muere, pero algo podría morir.
II
Si mal no recuerdo, conocí a Farfán hace diez años, en 2014, en la feria del libro de nuestra ciudad. Fue un breve encuentro, más cercano a un saludo por la calle que a una plática de café. A pesar de ello, no lo he olvidado, porque, hasta ese momento, no nos habíamos introducido, y lo primero que me expresó fue “felicidades, muchas felicidades”, con motivo de que recién me habían entregado el Premio Octavio Paz de Ensayo. Le agradecí el gesto. Él no tenía por qué haberlo hecho, porque, repito, no nos conocíamos. Dado lo salvaje del ambiente literario, me conmovió su gentileza y me hizo interesarme más por su obra.
Para entonces, sólo había leído La memoria verdadera y me había parecido una poesía fuera de lo habitual, con ecos de temas que me interesan, como el psicoanálisis, la literatura de Beckett, el arte, asuntos a los que el poeta regresa en su trabajo. Transcurrido el tiempo, coincidimos en Casa Terán, centro cultural aguascalentense, en 2018. Platicamos como si tuviéramos años de conocernos. Le dije que había tenido insomnio, porque pensaba que, si me dormía, mi corazón iba a dejar de latir. “Nunca antes había conocido a alguien a quien también le pasara eso”, me dijo. Sentí alivio de que mi sensación fuera compartida. Estas afinidades, raras, las tengo con muy poca gente. No es lo único que tenemos en común. Para ambos, a juzgar por su trabajo poético, la palabra es, no sólo un instrumento que condensa algo, sino también material para beber agua o cianuro.
III
Francisco Martínez Farfán es de los escritores que más me interesan: los que han hecho silencio con la escritura y con su profesión. Su propia personalidad, por ejemplo, no se presta a las extravagancias de las que son presa miles de escritores, menos interesados en la prudente contención que en la vulgar pirotecnia. En este siglo, al menos en México, y puntualmente en Aguascalientes, es extraño. No es lo único de él que me hace pensarlo.
Nació en Cárdenas, San Luis Potosí, en 1955. A lo largo de su vida, ha tenido sus ires y venires con Veracruz, pero su carrera literaria la hizo, y ha hecho, en Aguascalientes, por lo que diría que, a pesar de que su documento de identidad indica que es potosino, los papeles que verdaderamente importan, sus libros, dicen que es hidrocálido. Esto, con todo, no es lo que lo hace raro, sino la aparición de su obra. La emergencia bibliográfica de Farfán se dio en 2009, con la publicación de La memoria verdadera, cuando el poeta contaba con 54 años. En 2010 vio la luz Acto fósil. Seis años más tarde entregó a la comunidad lectora otro poemario, El fondo y la imagen. Publicado a finales de 2023, Criba es su más reciente libro. En términos estéticos, lo que importa es la obra, no cuándo fue hecha, ni siquiera quién la escribió, por lo que estos datos sólo dicen que el poeta ha entregado cuatro libros a la imprenta, pero, desde un punto de vista biográfico, pueden propiciar un engaño, porque uno supondría que el contacto del autor con la literatura ha sido tardío. No es así. Farfán ha pensado, difundido, escrito poesía desde hace décadas. Por ejemplo, el poeta acudió, en Aguascalientes, al mítico taller regional de Miguel Donoso Pareja, en los 70. Por qué ha decidido publicar apenas un cuarteto de libros, lo ignoro, pero lo agradezco, porque eso me revela que el poeta se ha tomado el tiempo para escuchar con atención al lenguaje y sólo posteriormente hacerlo hablar, cuando lo habitual es lo contrario, es decir, ver a una vastedad de escritores que primero quieren escucharse y ser escuchados antes que hacer que se escuche el lenguaje a través de sus textos.
Los versos, piensan; el poema, canta; la poesía, concierta. La poesía de Farfán, con cierta tendencia a explorar el lenguaje, en Criba ha alcanzado su cota más elevada. Es un poemario donde la palabra, como indagación de sí misma o de representación de algo más, trata de traducirse en palabras. Hacerlo es ahondar en sus limitaciones, recovecos y pozos por donde se ve una hormiga y también el Ojo de Dios.
IV
“Criba», como vocablo, por sí mismo está completo, porque en la sucesión de letras que hay al unir la ce con la erre con la i con la be y con la a, tiene varios sentidos, varias acepciones. Una criba es una herramienta que, de acuerdo con la Academia, se emplea en la agricultura “para cribar semillas, o en minería para lavar y limpiar los minerales.”, pero también significa “selección rigurosa.” Y “cribar” es hacer pasar el mencionado instrumento “para separar las partes menudas de las gruesas o para eliminar las impurezas”, o también “someter a una selección rigurosa un conjunto de personas o cosas.” Esta exploración poética, esta Criba de Farfán es un filtro por donde pasa la palabra, no para rastrear y limpiar sus impurezas, sino para observarlas.
Pienso que a Criba se le puede nombrar con un complemento que tiene relación con las intenciones del libro: ser. Y cuando digo ser, no aludo a una búsqueda filosófica, sino a algo más simple: su forma infinitiva y una de sus conjugaciones, concretamente a la que se dirige la tercera persona: es. Cuando a Criba se le piensa al lado de su existencia, del ser, es válido decir “Es Criba un poema sobre la palabra”, cuyo sentido está orientado a afirmar el tema del libro, como veremos, pero, al hacerlo, también hay un juego con el sonido de las dos primeras palabras, “Es criba”, que se hacen pasar por la forma imperativa de “escribir”, de modo que aquella afirmación “Es Criba un poema sobre la palabra”, también se puede entender como “Escriba un poema sobre la palabra”, que expresa una orden a alguien. Tengo la sensación de que Criba fue una imperiosa necesidad de Farfán por tratar de aproximarse a descubrir qué hay atrás, adelante y a los lados de las palabras. Nada. Todo. Dicho esto, la mejor manera de referir Criba es con una especie de hipérbaton: no decir “Criba es”, sino “Es Criba”, porque ahí está, implícito y explícito, según se quiera ver, la inquietud que Farfán se planteó.
V
Criba está compuesto por dos partes: la primera tiene 49 poemas; la segunda, 24. No es la única diferencia. Aquella tiene muy poco empleo de la puntuación: sólo el poema “Lugar” tiene punto final. Por los otros 48, de pronto aparece un guion aquí, otro allá, y a veces un trastocamiento a los puntos suspensivos que cierran algunos de sus poemas, pues en lugar de colocar tres, Farfán prefirió dos, como si no quisiera continuar, cosa que pueden posibilitar los tres puntos, y al mismo tiempo tampoco cerrar, cuestión que hace el punto y seguido o punto y aparte. Curiosamente, la imagen ortodoxa de los dos puntos es en vertical, no en horizontal, que es la manera por la que Farfán optó. Bajo dicha disposición: un punto es sentencioso; tres, casi un misterio; dos, ni lo uno ni lo otro. Decía que la primera sección hace un uso infrecuente de la puntuación, como si el poeta no quisiera terminar su canto o como si entre un poema y otro no hubiera separación, pero eso no ocurre en la segunda, ya que ahí todo poema concluye con un punto final o con los dos puntos farfanescos, aunque más lo segundo que lo primero.
En Criba hay más diálogo con las abstracciones que con lo concreto, no sólo por lo que hace con la puntuación, sino también con las palabras. Cuando digo palabras, no hablo de los significados que ocultan, sino de la manera en que los signos que conforman las palabras son sujetos del canto del poeta. Trataré de explicarme: pensemos en que hay algunos conceptos que no tienen una representación tan evidente cuando los enunciamos. Decimos sol o luna o cielo y lo que pensamos no está tan lejos de lo que vemos en el cotidiano, pero qué imagen, sonido o palabra se dibuja si decimos palabra, no lo veo tan claro. Este fenómeno, en el libro, es una constante, acaso su tema principal, en tanto que al poeta le interesa más la palabra sol que el sol. Desprendidos de su núcleo -o sea, la palabra-, si tuviera que sintetizar los subtemas de Criba, diría que son tres:
- Los limitantes, o no, de la comunicación.
- La palabra en tanto palabra.
- Las palabras como hacedoras de escritura.
Comprendido así, Criba, en general, canta a la palabra, no tanto a lo que evoca. He dicho en general, porque hay otros cantos, emitidos para encontrarse con otras disciplinas: por ejemplo, el título del poema “La intimidad insociable de la vida en un cuerpo que acaba de despertar”, dialoga con el nombre de la obra de Damien Hirst, “La imposibilidad física de la muerte en la mente de algo vivo”, con lo cual hay un encuentro de la poesía con el arte contemporáneo, pero el nexo más fuerte de la poesía de Farfán es con la literatura misma.
Aparte de que “Agosto de estar gordo otra vez” es un poema que me remite al cuento “Gordo”, de Raymond Carver, escucho otras voces en su contenido. Dice el poeta: “es duro que los hombres son mortales/ pero es más duro aún que el tumulto los otros/ -la tribu innumerable que es uno-”. Páginas después, en “Progenitores”, canta Farfán: “Las cosas eran tan humillantes/ que el tumulto los otros/ -esa muchedumbre de pocos-” Como vemos, en aquel, ese tumulto del que habla el poeta es “la tribu innumerable que es uno”, en donde resuena la poesía de Walt Whitman, cuando dice “¿Me contradigo? Bien, me contradigo/ soy amplio/ yo contengo multitudes”. En el caso de “Progenitores”, Farfán prefirió señalar que ese tumulto está encarnado en “esa muchedumbre de pocos”, que recuerda la dedicatoria que a sus lectores dirigió Juan Ramón Jiménez, cuando la refirió como “esa inmensa minoría”. Estos diálogos literarios se repiten en el poema “La sed”. Dice Farfán: “que busca sed en un río/ sin que uno beba nada: uno nada”. Nada, como vacío, y nada, como actividad acuática, recuerdan a Xavier Villaurrutia en “Nocturno en que nada se oye”: “aquí en el caracol de la oreja/ el latido de un mar en el que no sé nada/ en el que no se nada.”
Ora con otra disciplina, ora con la literatura, la palabra es el centro que convoca a los ángulos a producir la figura geométrica que el lector quiera: desde una línea hasta un poliedro. En su excursión, Farfán inquiere, sí, a la palabra como palabra, es decir, como si se fuese una isla, pero también a la palabra unida a una lengua y a la palabra ligada a la escritura, o sea, a la palabra como archipiélago. En cada conexión de la palabra con algo, el ánimo de la poesía de Farfán se mantiene imperturbable, porque se sabe limitada por las palabras que la componen, materia en la que vale la pena detenerse, para avanzar.
VI
Acerca de los límites del lenguaje, en “Tatuaje”, leemos: “Algo dice su verdad/ Contra el embuste/ De la lengua..” Parece como si Farfán insinuara que verbalizar el mundo estuviera atravesado por una suerte de ficción, en este caso, de nuestro idioma. El poeta es consciente de saberse perdido en los signos del lenguaje, pero con brújula, que es la palabra, porque no ignora que quiere dilucidar algo que escapa a la dilucidación, como se muestra en el poema “Digresión”: “[…] considero/ cualquier explicación/ un intrincado mecanismo verbal/ que por muy convincente que logre parecer/ es siempre provisorio..” Otro tanto diría del poema “Límite”, donde el poeta continúa su indagación: “[…] dan ganas/ de hacer fuego/ quemar el túnel irse/ Pero uno escapa sólo de un texto a otro/ de una palabra a otra/ hasta que el límite indica que tal vez/ todo puede decirse/ a condición de que se diga/ desde la frágil soledad del signo”. En cada verso que hemos escuchado, Farfán ha sugerido, poéticamente, la inestabilidad de nuestra comunicación, porque cuando alguien dice muere, probablemente nada muera, pero algo podría morir.
Sobre la palabra como palabra, en el poema “Mandato”, dice Farfán: <<“Es una desgracia” dije yo. “Las palabras..”>> La desazón del poeta acaso se explique porque sabe que las palabras no le alcanzan para decir lo que quiere decir, como ya hemos visto, pero, al mismo tiempo, las reconoce como el único utensilio para tratar de ingresar al misterio del mundo. Escuchemos algunos versos de dos poemas. En “La tormenta”, dice: “Reconocido así de pronto/ el mundo parece dirigirse/ a esa capacidad de exceso/ que sólo pueden soportar las palabras…» Luego, en el ya referido poema, “Digresión”, dice: “no tengo ningún inconveniente/ en estar decepcionado/ de mis palabras..” Por una parte, hemos escuchado que, cuando la realidad se lleva a un extremo y se tensa, sólo las palabras ayudan a comunicar lo que pasa; por otra, cuando empleamos las palabras, a veces nos decepcionan, pero no por ellas mismas, sino por no reflejar, fielmente, lo que sentimos. Las palabras son todo, pero también pueden ser nada.
A pesar de haberlo sugerido, noto que he olvidado decir por qué clase de palabras Farfán siente predilección: no las orales, sino las escritas. Todo escritor, en algún momento de su vida, cuestiona su oficio, es decir, la escritura. Criba también puede ser entendido como un poemario que reflexiona sobre su propia hechura. En “El mejor silencio de enero”, dice: “Pero escribir ¿en qué momento/ no ha dejado de ser una incomodidad?» En la misma tesitura está el poema de melvilliano título, “La sombra de la ballena”, donde el poeta dice: “[…] la escritura/ obedece a una terca voluntad de desorden/ es decir a cierto orden/ que sólo puede proporcionar/ la decepción”. Los versos me hacen pensar en lo que alguna vez dijo David Bowie: “ser artista es ser socialmente disfuncional”. Esto es que el arte, como expresión, es secundario para las necesidades más elementales de la vida, y sin embargo, continuamos expresándonos a través de poemas, porque, diría Farfán, diría Bowie, hay una terca voluntad de disfuncionalidad, cosa a la que obsesivamente regresa el mexicano, en Criba. Daré otros cuatro ejemplos:
- En “Escritura”, dice: “Digo que se escribe que se escribe/ y que en tanto se cumple/ existe al mismo tiempo algo que se desdice”.
- De “Sustitución”: “Tal como va de la escritura a la flor/ el nombre mismo de la flor que sin embargo/ la escritura no toca”.
- En un poema sin título, canta: “Continuar como alguien separado en lo íntimo/ puesto que al escribir encuentra las cosas/ aunque por fuera de su escritura…”.
- De “Un lugar inadecuado para levantar muros contra la imposibilidad”: “En realidad la escritura es una insistencia inútil.”
El sol no brilla como sol en la poesía de Farfán, sino como palabra. Por eso digo que Farfán es menos un poeta que mira a dicho astro para buscarlo que un poeta que lo mira para ver si la palabra sol es tan luminosa, calurosa y vital como el mismo sol, ese nombre que “la escritura no toca”. Cuando digo que la poesía de Farfán busca la palabra como palabra, no como espejo de algo, a esto me refiero, y esa es la historia de Criba. Incluso el rostro del libro lo afirma, sutilmente.
VII

La portada del libro es bastante ilustrativa de la pretensión que encuentro en Criba: detrás de lo que parecen ser barrotes u objetos que aprisionan o encierran a algunos versos del poema “La distancia”, de Farfán, escapan otros versos, libres de la prisión, que, leídos en conjunto, sin decirlo, dicen lo que uno va a encontrar en el poemario. Haya sido un acto consciente o no, los versos que escapan al enclaustramiento al que está sometido el resto del fragmento de dicho poema, son el primero y los tres últimos que, leídos en secuencia, son, decía, la pretensión de Farfán:
La raíz de las cosas parece ser de pronto
[…]
sobre el cauce de una continuidad inasible
como un aliento imparable, una fatiga, un signo luego otro,
la escritura..
¿Qué es Criba? A veces, en la máscara de algo no está oculto su verdadero rostro.
Criba. 2023. Universidad Autónoma de Aguascalientes. 121 pp.